El 3 de febrero de 1977 fue el día que el primer pelotero cubano fue exaltado al Salón de la Fama de Cooperstown, en Estados Unidos. Precisamente fue uno de los más grandes jugadores que ha dado la mayor de las Antillas y que tuvo paso por el béisbol norteamericano, Martín Dihigo.
El Maestro, como le decían, hizo todo lo que se puede hacer en un diamante beisbolero. Con absoluta facilidad podía cubrir cualquier posición del cuadro, también dominaba las locaciones en los jardines y como lanzador era temible. Fue el pelotero más completo de su generación y, quizás, de la historia de esos certamenes.
Otro Salón de la Fama, Johnny Mize, explicó que Dihigo fue el único hombre capaz de jugar las nueve posiciones, dirigir, correr y batear a dos manos. Sin dudas un fenómeno del deporte de las bolas y los strikes.
Con tan solo 17 años el matancero comenzó a jugar béisbol profesional con el equipo Habana, en 1922. Un año después, debutó con los Cuban Stars, en Estados Unidos, conjunto que competía en la Eastern Colored League y estaba integrado mayormente por jugadores cubanos.
Durante su labor en las Ligas Negras y en los torneos caribeños Dihigo logró acumular más de 250 triunfos como pitcher, pegar más de 100 jonrones y batear fácilmente por encima de .300, algo que solo unos pocos han sido capaces de alcanzar.

Este genial pelotero es el único que ha sido capaz de incluirse en el Salón de la Fama de Cuba en 1951, en México en 1964 y cerró el ciclo con Cooperstown, Estados Unidos, en 1977.
Su estilo de juego agresivo, su físico privilegiado y su carisma lo convirtieron en un héroe de la época. Pero sus logros, entrega y constancia lo hicieron un inmortal del béisbol.
