A los 24 años recién cumplidos (26 de agosto), el martillista espirituano vive la mejor temporada de su carrera. El oro conquistado en Santo Domingo, la marca personal de 77.97 metros y la cercanía del récord nacional alimentan las aspiraciones de un atleta que ya piensa en los 80 metros, en una medalla panamericana y en una final mundial y olímpica.
El 5 de agosto de 2026 Ronald Mencía vivió uno de esos momentos que permanecen para siempre en la memoria de un deportista. En la jaula de lanzamiento del estadio olímpico Félix Sánchez, en Santo Domingo, consiguió 74.55 metros y se convirtió en campeón de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Para el espirituano no fue simplemente otra competencia ganada: fue su primer gran oro internacional, después de haber vivido tres años antes la frustración de quedarse fuera del podio en San Salvador.
“Muy contento con este oro centroamericano. Es mi primer título a nivel internacional que he tenido y como favorito en una competencia”, dice Ronald, todavía con la satisfacción de quien sabe que acaba de cumplir una de las metas que se había trazado desde mucho antes de llegar a República Dominicana. Y en su primera reacción aparece también una constante en sus palabras: la familia, las personas que lo acompañan y el deseo de devolverles con resultados todo lo que han hecho por él.
“Muy contento con mi familia, con toda la gente que me apoya, con toda la gente que me quiere”, añade.
La cuenta pendiente de San Salvador
Para entender mejor lo ocurrido en Santo Domingo hay que regresar a 2023. Ronald tenía entonces apenas 20 años y llegaba a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Salvador como uno de los favoritos al título. Su mejor registro de aquella temporada era de 76.91 metros, pero unas semanas antes de la competencia sufrió una inflamación en la rodilla que lo obligó a detenerse durante varios días. Regresó al entrenamiento, apeló a una venda y llegó a la cita convencido de que podía ganar.
Sin embargo, la presión de ser favorito terminó jugando en su contra.
“Fue la competencia más amarga que he tenido durante mi carrera deportiva”, recuerda. “A pesar de que fui ahí con tan solo 20 años, llegué con la mejor marca de la temporada. Estaba por encima del resto y yo iba por la medalla de oro, pero me salió el pre-arranque, la juventud y la molestia que me afectó también. Era mi primera competencia fundamental llegando de favorito y eso me perjudicó; no supe encontrarme”.
El resultado fue un cuarto puesto con 71.32 metros. Jerome Vega ganó el oro con 74.83, Diego del Real fue segundo con 74.57 y Miguel Zamora completó el podio cubano con 72.63. Ronald quedó fuera de las medallas y, más que el resultado, le pesó saber que había llegado preparado para ganar.
“No me sentí ni satisfecho ni contento”, reconoce.
Tres años después, los mismos nombres volvieron a aparecer en la final de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Pero el atleta que llegó a Santo Domingo ya no era aquel imberbe muchacho que todavía aprendía a manejar la presión de ser favorito.
“Yo llegué a esta competencia igual o mejor que en San Salvador. Yo iba a medalla de oro y récord para el juego. El récord no se logró, pero se logró la medalla de oro, sí o sí. No había otra”, afirma.
Una confianza construida con metros
La seguridad de Ronald no era una simple cuestión de confianza personal. Los resultados de la temporada le habían dado razones para pensar que podía ganar.
En mayo, durante una confrontación en La Habana, había lanzado 77.97 metros, la mejor marca de su carrera y apenas cinco centímetros por debajo del récord nacional de Roberto Janet (78.02). Aquella marca modificó incluso su percepción sobre las posibilidades de sus rivales.
“Ese disparo me dio tremendo nivel de seguridad porque sabía que estaba en la mejor temporada de mi vida, estaba en plena forma deportiva. El lanzamiento de 77.97, a cinco centímetros del récord nacional, ya es una marca a nivel mundial”, explica.
Ronald sabía además que ninguno de sus principales rivales centroamericanos había conseguido durante la temporada una distancia semejante. Por eso llegó a Santo Domingo convencido.
“Yo sabía que con un lanzamiento igual que ese o parecido a ese iba a ganar los Juegos Centroamericanos sin ningún tipo de problema”.
El primer lanzamiento fue de 70.51 metros y en el segundo mejoró hasta 73.40. El tercero terminó en foul y en la cuarta ronda llegó el 74.55 que terminaría decidiendo. Pero hasta ese lanzamiento tuvo una historia particular.
Ronald había sentido que algo no funcionaba bien desde su primer intento. Utilizaba unas zapatillas Nike porque, según explica, las Puma que emplean habitualmente no son especializadas para lanzar, y el círculo le había dado una sensación diferente. Su entrenador Juan Miguel Arrechea intervino entonces para devolverle la tranquilidad.
“Me dijo: tranquilo, yo sé que tú estás bien, es ahora, la medalla de oro es ahora. Y yo tranquilo. Me cambié la zapatilla derecha, hice el otro lanzamiento de 73.40 y me bajó más la tensión. Yo dije: sé que se puede lograr”.
En la cuarta ronda lanzó nuevamente con fuerza, pero los jueces marcaron bandera roja. Ronald estaba seguro de que no había cometido falta y reclamó la decisión. La revisión del video terminó confirmando su versión.
“Yo sabía que no había pisado nunca la parte de delante. Cuando miro para el árbitro, bandera roja. Le fui para allá y le dije: ‘Oye, compadre, estás acabando, estamos en Dominicana, pero estás acabando’”, cuenta entre risas. El árbitro aceptó revisar la acción y pocos segundos después apareció la bandera blanca.
“Nos pusimos contentos. Todo el mundo en la jaula empezó a celebrar”.
El 74.55 quedó oficialmente registrado. Jerome Vega terminó segundo con 73.38 y Diego del Real tercero con 73.00. Esta vez Ronald no tuvo que conformarse con mirar el podio desde el cuarto puesto.
El oro que llegó después de una temporada difícil
La victoria de Santo Domingo-2026 no puede separarse de todo lo ocurrido durante la temporada. Antes de los Juegos, Ronald compitió en Moscú, donde lanzó 75.18 metros y consiguió el bronce en una prueba en la que también participaron atletas de alto nivel mundial. Después atravesó problemas de salud que afectaron su preparación y llegó al Campeonato Panamericano de Colombia con menos entrenamiento del previsto.
Allí terminó quinto con 74.18 metros, mientras el chileno Humberto Mancilla ganaba con 75.38. El resultado, sin embargo, no consiguió desanimarlo.
“Eso nunca me bajó el ánimo. Yo sabía que había sido por eso. La temporada había sido muy buena y siempre el ánimo mío estuvo a full, siempre con la mente en la medalla de oro centroamericana”.
Esa capacidad para separar un resultado puntual de la evaluación general de la temporada revela una diferencia importante con respecto al Ronald de San Salvador. El atleta de 24 años parece manejar mejor las competencias, los problemas y las expectativas.
Él mismo lo resume de una manera sencilla: “He ganado mucho en madurez. Ya he competido en varias competencias internacionalmente. Técnicamente también estoy mucho mejor”.
Y esa madurez no solo aparece en la forma de competir. También está relacionada con el conocimiento que ha adquirido de su propio cuerpo, de la técnica y de las exigencias del lanzamiento del martillo.
Arrechea, una relación que va más allá del deporte
Buena parte de ese proceso tiene un nombre: Juan Miguel Arrechea.
Ronald llegó al atletismo siendo todavía un niño y comenzó inicialmente en el lanzamiento del disco. No le fue bien. Entonces apareció el martillo, casi como una apuesta de sus entrenadores. En séptimo grado, con apenas unas semanas de preparación, participó en el clasificatorio para los Juegos Escolares y terminó avanzando por repechaje. Poco después conseguiría su primera medalla escolar.
Desde entonces, su relación con Arrechea –comisionado provincial en ese momento- fue creciendo hasta convertirse en una de las claves de su carrera.
“Para mí representa mucho, es como si fuera mi padre”, afirma Ronald.
No habla solamente de la preparación técnica. Habla de confianza, comunicación y de una relación que se ha construido durante años.
“Nosotros no tenemos nada que escondernos, nosotros nos decimos todo. Todo lo que pasa, planeamos todo. Él me llama y me dice: este es el entrenamiento que hay, esto es lo que vamos a hacer. Y yo le digo: sí, profe, esto es lo que vamos a hacer. Podemos cambiar aquí, vamos a cambiar esto allá. Todo es como una familia”.
Si tuviera que escoger una sola enseñanza de su entrenador, Ronald no duda.
“La disciplina. La disciplina es lo fundamental que puede tener un atleta”.
Y enseguida amplía la respuesta para explicar que esa disciplina no se limita al lanzamiento.
“Él me ha educado mucho en disciplina, tanto en el deporte como para la vida. Le agradezco mucho por eso. Hoy, gracias a él, soy quien soy, tanto deportista como ser humano, como hombre en la vida cotidiana”.
Un campeón que conoce las limitaciones
La historia de Ronald también está marcada por las dificultades materiales con las que ha tenido que desarrollar su preparación. El lanzamiento del martillo es una especialidad que depende de implementos, infraestructura, gimnasio y condiciones específicas de entrenamiento. En el caso cubano, no siempre están disponibles.
Ronald lo cuenta desde la experiencia cotidiana, sin dramatismo, pero con la contundencia de quien ha tenido que buscar soluciones.
“A veces nosotros entrenamos con dos martillos, con una manilla. Venimos aquí a Sancti Spíritus, vamos a la Empresa Eléctrica y pedimos que nos ayuden con cables de los bajantes del poste y con eso se los ponemos a los martillos para lanzar”.
La falta de implementos no es la única dificultad. También menciona la alimentación, los medicamentos y las condiciones del gimnasio. Y cuando compara su realidad con la de algunos rivales internacionales, la diferencia resulta todavía mayor.
“Uno se lo cuenta a los rivales y dicen: no puedo creerte que así tú lanzas más de 75 metros y estés a nivel mundial entrenando así. Y yo sí, así mismo estoy donde estoy”.
No hay resignación en sus palabras. Hay una especie de desafío.
“Como me dice el profesor: ¿qué vas a hacer? ¿Te vas a rendir, te vas a echar para atrás ahora dónde estamos? Hay que seguir guapeando con lo que tenemos hasta que logremos estar en la cima”.
Santo Domingo demostró que esa perseverancia también puede traducirse en resultados.
Del niño que quería ser como Bolt al campeón del martillo
Hay otra parte de Ronald que aparece cuando habla de sus primeros años. Antes del martillo estuvo el deseo de correr. Como tantos niños que descubrieron el atletismo viendo a Usain Bolt, soñó con ser velocista.
“Yo empecé en el atletismo por Usain Bolt, como casi todo el mundo. Yo lo veía mucho y decía: ese negro cómo corre. Y yo le decía a mi mamá: yo quiero ser como Usain”.
Durante un tiempo, las carreras fueron incluso una parte importante de su preparación. Ronald cuenta que, siendo lanzador del martillo, podía competir con atletas de velocidad y fondo. Llegó a cerrar un relevo 4×400 metros y conseguir una medalla en juegos escolares.
Pero el martillo terminó imponiéndose.
“Yo era muy flaco, incluso llegando al equipo nacional era flaquito, flaquito. Corría durísimo y le ganaba a la gente de velocidad. Corría los mil metros y le ganaba a la gente de fondo”.
Con el paso del tiempo se especializó completamente en el lanzamiento. El niño que admiraba a Bolt terminó convirtiéndose en un atleta de fuerza y técnica que hoy tiene una de las mejores marcas del continente.
Los 80 metros: la próxima frontera
A Ronald le cuesta hablar de límites. Su meta está clara: 80 metros.
“Mi aspiración siempre ha sido llegar a los 80 metros, que actualmente es una marca respetable en el mundo. Hoy el nivel es muy alto y aquí en América hay una buena rivalidad”.
Los 77.97 metros conseguidos en mayo le permiten pensar que la cifra no está fuera de su alcance. Además, alcanzar los 80 metros significaría superar el récord nacional y colocarse en condiciones de pelear por resultados mayores.
“Yo siento que puedo puedo lanzar los 80 metros en la próxima temporada. Esa es una de mis metas principales”.
La primera gran prueba será en el verano del 2027 en Lima. Allí se encontrará con algunos de los principales martillistas del continente, entre ellos atletas que ya han demostrado estar en la élite mundial. Ronald, sin embargo, no piensa llegar como un participante más.
“Tenemos aspiraciones muy altas. Yo siento que puedo luchar por una medalla”.
Después, en septiembre, estará Beijing, escenario del Campeonato Mundial, donde quiere conseguir lo que hasta ahora se le ha negado en sus dos participaciones como adulto.
“Con los 80 metros estoy seguro de que puedo meterme en la medalla en Lima y puedo estar también por un lugar en la final del Campeonato Mundial en Beijing”.
Y después de eso, todavía queda un sueño mayor: Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.
“Es el sueño de todo atleta”, admite. Pero Ronald no quiere limitarse a estar allí. Su aspiración es entrar entre los ocho mejores.
“Me siento con potencialidad y me siento que me puedo preparar y me siento listo para estar en una final olímpica”.
Un campeón con 24 años y mucho por lanzar
El 26 de agosto Ronald Mencía cumplió 24 años. Llega a esa edad con una historia que ya incluye dos Mundiales, unos Juegos Panamericanos, un título centroamericano y una marca personal que lo coloca a solo cinco centímetros del récord nacional.
Pero quizá lo más interesante de su presente sea que el oro de Santo Domingo no parece haber cerrado una etapa, sino abierto otra.
Ronald ya sabe lo que significa competir como favorito y también conoce la frustración de quedarse fuera del podio. Ha aprendido a convivir con las enfermedades, las lesiones, las limitaciones materiales y la presión de las grandes competencias. Ha crecido técnicamente y, sobre todo, ha ganado madurez.
Ahora tiene una corona centroamericana, un martillo que ha volado hasta 77.97 metros y una meta que se repite en cada una de sus respuestas: 80 metros.
Lima será una oportunidad para buscar la medalla panamericana; Beijing, el escenario para intentar alcanzar una final mundial; y Los Ángeles, el sueño que lo estimula a diario.
A su edad, Ronald Mencía ya conoce la cima. Lo que todavía no sabe es hasta dónde puede llegar. Y esa incertidumbre, lejos de preocuparle, parece ser precisamente lo que lo impulsa a seguir lanzando.
