Cada 14 de marzo, cuando el calendario vuelve a señalar la fecha de su nacimiento, el béisbol cubano levanta la mirada hacia el montículo de la memoria para nombrar a un hombre que se hizo leyenda demasiado pronto: José Antonio Huelga Ordaz.
Nació en Tuinicú, en 1948, un domingo cualquiera que con los años se volvería sagrado para la pelota espirituana.
Nadie imaginaba entonces que aquel niño, hijo de Adelfa y José Tomás, crecería para convertirse en uno de los brazos más dominantes del béisbol cubano.

Huelga debutó con 18 años en eventos internacionales.
Pero sus padres sí lo vieron crecer. Lo vieron correr por la plazoleta Hanoi, en la ciudad de Sancti Spíritus, cuando apenas tenía doce años y la pelota era todavía un juego de barrio.
Lo vieron probar primero con el boxeo y luego defender el campo corto con la agilidad de los muchachos que sueñan con los diamantes.
Y lo vieron, finalmente, subir al montículo.
Allí empezó la historia.
Porque cuando José Antonio Huelga tomó la bola, el béisbol cubano descubrió que había nacido un pitcher distinto: un lanzador de carácter, de mirada firme y brazo poderoso, capaz de dominar la zona de strike como si dibujara líneas invisibles en el aire.
Apenas tenía 18 años cuando ya vestía el uniforme del equipo Cuba en un tope juvenil en Canadá. Después vendrían las temporadas con los Azucareros, los triunfos en las Series Nacionales y el respeto de todos los bateadores que se paraban frente a él.

Con Azucareros, Huelga ganaría los títulos nacionales en 1969 y 1972.
En solo siete temporadas acumuló 73 victorias y 32 derrotas, permitió apenas nueve jonrones en más de 870 innings y dejó un promedio de carreras limpias de 1.48, junto a un WHIP de 0.95, cifras que aún lo colocan entre los mejores lanzadores que han pasado por los campeonatos nacionales.
Pero su grandeza no se explica solo con números. También vive en las historias que cuentan quienes lo vieron lanzar.
El exjugador y amigo Abelardo Triana recordaba una anécdota que retrata su carácter.
En un juego, con cuenta de tres y dos y las bases llenas, Huelga lanzó un pitcheo que parecía perfecto. El árbitro Leopoldo Campos cantó bola y decretó la carrera. Aquella noche en el parque alguien le preguntó al pitcher cómo había visto el lanzamiento. Huelga miró al árbitro, levantó el brazo y respondió con calma: Yo la vi un poquito fuera.
La hazaña de Cartagena
Pero si hubo un instante que inmortalizó su nombre fue el Campeonato Mundial de 1970, en Cartagena, Colombia.
Allí, frente al poderoso equipo de Estados Unidos, el espirituano protagonizó una de las gestas más grandes del béisbol cubano.
En el primer desafío se enfrascaron en un duelo épico que se extendió a once entradas. Huelga dominó desde el montículo y también aportó con el bate para abrir el camino a la victoria cubana 3 carreras por 1.
Dos días después, todavía con el cansancio en el brazo, volvió al box.
El juego estaba en peligro. Bases llenas.
Estados Unidos amenazaba.
Entonces pidió la bola. Y durante cuatro entradas y un tercio apagó el fuego, dominó a los bateadores norteamericanos y aseguró el triunfo que le dio a Cuba el campeonato mundial.
Desde ese momento el béisbol lo bautizó con un nombre que ya nadie olvidaría: El Héroe de Cartagena.

Al regreso del mundial del 70 Fidel bautizó a Huelga como el Héroe de Cartagena.
Pero la vida, a veces, decide terminar los partidos demasiado pronto.
La madrugada del 4 de julio, un accidente del tránsito apagó la vida de aquel lanzador que todavía tenía muchas victorias por delante.
La noticia cayó sobre el país como una bola rápida imposible de esquivar.
En Sancti Spíritus nadie pudo dormir. El dolor caminó por las calles, por los parques, por los terrenos de pelota. El velorio fue uno de los más grandes que recuerde la ciudad.

El sepelio de Huelga aún se recuerda en Sancti Spíritus.
El béisbol cubano perdía a uno de sus grandes.
Y Adelfa y José Tomás perdían a su hijo.
Dicen que nunca se resignaron. Que se fueron aguardando el momento en que su José Antonio regresara a casa.
Pero quizás, de alguna manera, nunca se fue.
Porque todavía hoy su nombre recorre las calles espirituanas. Sigue lanzando en el estadio que lleva su nombre. Vive en cada conversación de pelota, en cada niño que sueña con dominar la zona de strike como él.

Adelfa siempre mantuvo vivo el amor por su José.
Y mientras exista un terreno de béisbol en Cuba, mientras alguien recuerde aquella hazaña en Cartagena, mientras el Yayabo respire pelota seguirá vivo el muchacho de Tuinicú, el pitcher que desafió a los gigantes y se quedó para siempre en el corazón de su pueblo.
