Ser premiada en la Sordolimpiada de Tokio marcó un punto culminante en la carrera de la judoca Yadira Ramos. La presea conquistada en la lid fue un ippón emocional que despertó nuevas ambiciones y devolvió a escena sueños que parecían dormidos.
“Me quedé con hambre de superar esa actuación. Cuando pensaba que iba a terminar, me ha salido todo tan maravilloso… ver cómo estuvo la competencia me hizo creer que se puede hacer algo más.”
En Japón, cuna del judo y territorio donde cada gesto se honra sobre el tatami, la nacida en Sancti Spíritus se colgó un bronce en la división de los 63 kg. La medalla no fue solo un resultado deportivo: fue una declaración de principios, una confirmación de futuro.

“Estoy ambicionando un título mundial.”
Nada de lo vivido en Tokio fue improvisado. El camino hacia el primer podio del judo cubano en una Sordolimpiada se construyó con sacrificios invisibles, entrenamientos silenciosos y una fe que nunca se negoció, incluso cuando las fuerzas flaquearon.
“Tuve que decir: este es el año, sí o sí. Tuve que barrer con todo. No creer en que hoy no puedo y mañana sí. Intentarlo todo por tal de llegar a esa Sordolimpiada.”
Cuando se le pregunta por el verdadero valor de ese bronce, Yadira no habla de terceros puestos ni de estadísticas. Habla de quiebres, de puertas que se abren, de un punto de partida.

“Es un bronce con sabor a oro. Marca un antes y un después.”
Ese resultado la consagró como Mejor Atleta femenina del país en situación de discapacidad, un reconocimiento que también recibió en su provincia natal, donde se enamoró del judo desde la niñez. Allí comenzó una relación vital con el kimono, en un contexto de retos permanentes.

En un deporte donde la voz del entrenador, las órdenes y el ruido del combate suelen ser determinantes, Yadira aprendió otro idioma: el de la mirada, el del cuerpo, el de la sensibilidad táctil. Escuchó con los ojos, interpretó con la intuición y respondió con agarres.
“Nunca vi el problema auditivo como una barrera para crecerme. Yo tenía y tengo mucha pasión por el judo. A veces podían hacer burla porque yo no escuchaba bien, pero eso no me impidió llegar, no me impidió realizarme.”
Antes de la Sordolimpiada, Yadira ya había transitado el judo convencional, compitiendo al máximo nivel, integrando selecciones y subiéndose a podios en campeonatos nacionales. Esa experiencia forjó carácter. La vida, por su parte, se encargó del resto: una infancia marcada por la enfermedad, una discapacidad severa, obstáculos que no pidieron permiso para aparecer.
Todo eso —la sordera, las dudas, las derrotas, los silencios— no la apartó del tatami. La moldeó.
“Creo que esto ayudará a que otros atletas sigan luchando por sus sueños, a entender que con nuestras manos y fuerza mental todo es posible. Me siento fuerte, y esa fuerza la quiero compartir.”
Hoy, Yadira Ramos es ternura en la voz y firmeza en el combate. Es fe sin estridencias, humildad sin discursos y una guerrera que ama profundamente el judo. Lo vivido en Tokio no fue un punto final, sino una señal: aún quedan combates por librar, podios por escalar y sueños por defender, con el judogi puesto y Cuba en el pecho.
