El medallero de Santo Domingo-2026 no necesita explicaciones para decir quiénes fueron los mejores. México volvió a demostrar su poderío y repitió la supremacía de Barranquilla-2018 y San Salvador-2023, además de establecer un récord histórico con 407 preseas en una edición de estos Juegos nacidos hace un siglo.
Colombia mantuvo el segundo puesto de la cita anterior, mientras Cuba terminó tercera, con 51 medallas de oro, 48 de plata y 56 de bronce. Venezuela fue cuarta (49-70-97) y República Dominicana, quinta (46-37-67).
Existe una diferencia considerable con los líderes y eso forma parte de la realidad que debe analizarse. México conquistó 167 títulos y Colombia 91, mientras Cuba llegó a 51, once menos de las 62 coronas que constituían el objetivo previo de la delegación. Pero reducir la actuación cubana a esa distancia sería mirar solamente una parte de la historia. Para entender el verdadero valor de esas 155 medallas hay que mirar también el camino recorrido para conseguirlas.
Las medallas también tienen un camino
Detrás de cada una de esas preseas hubo meses de preparación en condiciones que difícilmente pueden considerarse ideales para el deporte de alto rendimiento. No hablamos solamente de instalaciones, implementos, tecnología o competencia internacional, sino de necesidades tan elementales como alimentación, transporte, descanso y recuperación.
Cuba llegó a Santo Domingo después de atravesar un período particularmente complejo, marcado por dificultades económicas que repercuten en todas las esferas de la sociedad. El cerco económico y energético de Estados Unidos condiciona la disponibilidad de recursos y termina teniendo consecuencias que van mucho más allá de la energía: afecta el transporte, los servicios, la alimentación y las condiciones en que millones de cubanos desarrollan su vida cotidiana.
También los deportistas viven esa realidad. Un atleta puede soportar una sesión exigente, el dolor muscular, la presión de una competencia o meses de entrenamiento intenso.
Lo que resulta mucho más difícil es sostener una preparación cuando hasta el descanso nocturno está condicionado por las circunstancias de la vida diaria. Dormir menos por el calor, interrumpir la recuperación y regresar al entrenamiento al día siguiente también forman parte de una batalla que no se ve en las estadísticas.
Por eso las dificultades materiales no deben convertirse en una excusa para explicar cada derrota. Deben servir para comprender el valor de los resultados obtenidos.
Cuba hizo mucho con muy poco

Y hay que decirlo con claridad: 51 títulos son muchos títulos. Son 51 veces en las que un atleta o equipo cubano logró imponerse a sus rivales. A ellos se suman 48 platas y 56 bronces para completar 155 medallas y colocar nuevamente a Cuba en el podio colectivo de los Juegos Centroamericanos y del Caribe.
Quince deportes aportaron campeones. Atletismo y lucha encabezaron con diez títulos cada uno; el judo sumó seis, el canotaje cinco, el remo cuatro y el taekwondo tres. También llegaron coronas desde el ciclismo, las pesas, el hockey sobre césped, el balonmano, el boxeo, el bádminton, el ajedrez, el karate y el voleibol de playa.
Hubo además dominios colectivos que hablan de una competitividad que todavía permanece. Cuba ganó los dos torneos de hockey sobre césped y los dos de balonmano, dominó la lucha y el judo, y conquistó el título masculino del voleibol de playa. Solo esos cinco deportes aportaron 21 coronas.
En las actuaciones individuales sobresalieron Reidy Cardona, el atleta más laureado de la delegación, con tres oros y dos platas; Leduard Suárez, también con cinco preseas, repartidas en tres títulos, una plata y un bronce; y los canoistas Yarisleidis Cirilo y José Ramón Pelier, con tres coronas cada uno.
Son cifras que adquieren mayor dimensión cuando se recuerda dónde y cómo fueron construidas.
La hegemonía quedó atrás, la competitividad no
Santo Domingo también confirmó una realidad que Cuba ya no puede ignorar: la antigua hegemonía dejó de existir. La nación que durante décadas dominó ampliamente estos Juegos fue segunda en Barranquilla-2018, tercera en San Salvador-2023 y ahora repite esa posición en Santo Domingo.
México y Colombia han consolidado estructuras deportivas capaces de producir resultados extraordinarios. Venezuela progresa y República Dominicana también muestra una evolución importante. La región es hoy más competitiva y la historia, por sí sola, ya no garantiza el liderazgo.
De los 51 títulos, 34 fueron conquistados por atletas o equipos incluidos entre los pronosticados, mientras 23 de los 28 restantes lograron acceder al podio. Hubo, por tanto, resultados que superaron las previsiones y demostraron que todavía existe una importante reserva competitiva.
El valor de una medalla
Quizás por eso el tercer lugar de Santo Domingo tiene una dimensión particular. No es el primer puesto de otros tiempos y tampoco debe utilizarse para esconder las diferencias con México y Colombia. Es, sencillamente, un resultado deportivo de enorme valor alcanzado en circunstancias extraordinariamente difíciles.
Porque el oro siempre pesa lo mismo. Lo que cambia es el camino recorrido para conseguirlo.
Y el camino de estos atletas estuvo marcado por carencias que trascienden el deporte. Cada uno de los 497 inscritos llegó a Santo Domingo como representante de un país que enfrenta dificultades económicas severas y que, aun así, consiguió sostener una delegación capaz de competir en 42 disciplinas y regresar con 155 medallas.
Por eso detrás de cada resultado hay mucho más que un atleta. Está el entrenador que buscó alternativas, la familia que acompañó, la institución que intentó garantizar lo necesario y un pueblo que siguió esperando y celebrando a sus representantes.
El próximo desafío
Santo Domingo-2026 es la escala intermedia del ciclo olímpico. Las 70 plazas conquistadas para Lima-2027 en balonmano, hockey sobre césped, atletismo, tiro con arco y gimnasia rítmica abren el próximo capítulo.
Allí Cuba tendrá que demostrar que la resistencia puede convertirse en crecimiento. El reto no es recuperar de inmediato una hegemonía que ya no existe, sino volver a competir de tú a tú con quienes hoy dominan el escenario.
Los atletas ya demostraron que pueden hacerlo. Por eso hay que reconocer el tercer lugar en el medallero de los juegos del centenario. No para ocultar las carencias ni para renunciar a la autocrítica, sino para valorar en su justa dimensión lo que hicieron quienes representaron a la patria en Santo Domingo.
