29 julio, 2021

Telerebelde

Canal de los deportes en Cuba

Porque el beisbol sea declarado patrimonio cultural de la nación

Dos tarjas históricas sobre legendarios peloteros criollos se develaron este lunes en el estadio Latinoamericano, en ocasión del 142 aniversario del primer partido oficial de beisbol de Cuba, celebrado el 29 de diciembre de 1878. Ambos monumetos fueron restaurados por artistas de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, institución que continúa cristalizando el legado del Doctor Eusebio Leal, al conservar todo y cuanto pueda tener valor espiritual y material para el patrimonio cubano.

Presidieron el acto Osvaldo Vento, Presidente del Inder, Kenelma Carvajal, Vice Ministra de Cultura, Omar Valiño, Director de la Biblioteca Nacional, y el Doctor Félix Julio Alfonso, Historiador Adjunto de la Ciudad de La Habana.

Una de las estampas rinde homenaje a todos los jugadores criollos exaltados al Salón de la Fama del Beisbol Cubano hasta 1961, en tanto la otra recoge los nombres de aquellos valientes deportistas quienes cambiaron los bates y las pelotas por machetes y fusiles para intervenir en la Guerra de Independencia.

Tarja de los peloteros cubanos exaltados al Salón de la Fama, hasta 1961.
Tarja de los peloteros criollos que particparon en la Guerra de Independencia de 1895.

Las palabras centrales del acto conmemorativo fueron expresadas por el Doctor Félix Julio Alfonso quien, además, aseguró a Tele Rebelde que «con esta nueva develación se le rinde el justo homenaje a la rica historia del beisbol cubano y a sus prinicpales hacedores, quienes también forman parte de la historia de Cuba».

El Historia Adjunto de la Ciudad de La Habana también afirmó que «todo cuanto se haga en poco para que el beisbol cubano sea finalmente declarado patrimonio cultural de la nación».

Por su parte, el Comisionado Nacional de Beisbol, Ernesto Reinoso, declaró en su intervención que «a pesar de las limitaciones sanitarias y económicas impuestas por la pandemia de la coivd-19, se ha logrado hacer una Serie Nacional pareja, de calidad, continuadora de otras 59 ediciones revolucionarias y también de más de cien años de prácticas incesantes del beisbol en la Isla».

Para este artista de la restauración fue un verdadero honor trabajar para el beisbol cubano.

A su vez, el restaurador principal de ambos monumentos, Reynaldo Rodríguez, aseguró a nuestro Canal que «dicho trabajo constituyó un enorme privilegio, por servir como modesta contribución al rescate del patrimonio cultural del beisbol cubano, tan lleno de gloria, desde la época del profeisonalismo, hasta la actualidad».

Luego de finalizada la sesión solemne, se efectuó el tradicional encuentro de la Comisión Nacional con la prensa, en el cual se dio a conocer que el jugador más destacado de la pasada semana fue el lanzador espirituano Yuén Socarrás, con 2452 votos, cuyo galardón fue recibido por Omar «El Niño» Linares, considerado por muchos el mejor pelotero cubano del periodo revolucionario.

Yuén Socarrás ganó el último premio de Mejor Jugador de la Semana.
Estadísticas de Omar Linares en el beisbol cubano.

Discurso del Doctor Félix Julio Alfonso, Historiador Adjunto de la Ciudad de La Habana

Los días finales del mes de diciembre revisten un gran simbolismo en la historia del juego de pelota en Cuba. Como es conocido, el 27 de diciembre de 1874 se celebró en los terrenos del Palmar de Junco, en la ciudad de Matanzas, un desafío entre un equipo local y el Club Habana, fundado este último en 1868.

Tales fechas, aparentemente fortuitas, no pueden dejar indiferente a un historiador, dada la coincidencia de la creación del Club Habana en el mismo año del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua; y la celebración de aquel desafío exactamente diez meses después de la caída en combate del Hombre del Diez de Octubre, en San Lorenzo, el 27 de febrero de 1874.

Como he escrito en otra parte: «Mientras la mitad oriental de la Isla libraba combates épicos por la libertad y la emancipación de los esclavos, en el oeste una joven generación de peloteros preparaba, en el ámbito espiritual, una conmoción cultural sin precedentes». Todo ello debemos verlo como el inicio de un profundo vínculo entre béisbol y nación en nuestro país, proceso en que se constituyó una comunidad imaginada de afectos, pasiones y sentidos de pertenencia que llega hasta nuestros días.

Sobre el citado juego entre Habana y Matanzas, impropiamente considerado por algunos como el “primer juego oficial”, poco puedo agregar a lo expresado en otras ocasiones:

Fue un partido concertado entre dos equipos sin mayor trascendencia desde el punto de vista organizativo, totalmente desbalanceado (51 a 9 a favor del Club Habana), con un árbitro displicente, el terreno en malas condiciones; el pítcher de Matanzas no sabía hacer los lanzamientos de la manera reglamentaria, una afición entusiasta que resistió con lealtad las casi seis horas que duró el juego; una crónica atractiva y una primitiva hoja de anotaciones que nos permite conocer la actuación individual de cada jugador por el número de carreras que produjo.

Un dato de interés estadístico revela que la batería del Club Habana conectó cuatro jonrones, tres a cargo del receptor Esteban Bellán y uno a la cuenta del pítcher Ricardo Mora. Son estos los primeros cuadrangulares conocidos en la historia de nuestra pelota.

El singular partido fue suspendido por oscuridad en el séptimo inning, poniendo fin al infortunio de los matanceros cuando el reloj marcaba las 5 y 35 minutos de la tarde.

Su posteridad la debe sobre todo a su carácter de juego paradigmático, en un momento inicial en la historia del deporte, como lo demuestra su cita en el periódico El Sport muchos años más tarde, en 1887, donde se le describe como ejemplo de «cuando el base ball estaba aún en su infancia entre nosotros», llamando la atención a los lectores «del número de carreras que se hacía entonces y, sobre todo, en la manera de llevar el score».

Otra razón por la cual este desafío es muy conocido se debe a su inclusión en la primera historia del béisbol cubano, publicada por el joven pelotero Wenceslao Gálvez y Delmonte en 1889, quien nunca menciona que tuviera carácter “oficial”. Lo considera “el primer desafío de pelota celebrado en el «Palmar de Junco en Matanzas entre el club del nombre de aquella ciudad y el Habana» y apunta que lo incluyó dentro de su libro «como documento histórico y curioso».

En realidad, el primer partido oficial del beisbol cubano se celebró cuatro años más tarde, el 29 de diciembre de 1878, pocos meses después de finalizada la Guerra de los Diez Años, en un ambiente marcado por la nueva legislación metropolitana que promulgó una Ley de Reuniones y Asociaciones, en virtud de lo cual surgió un poderoso entramado civil de asociaciones de todo tipo, incluyendo a los novedosos clubes para jugar béisbol.

Estos conjuntos construyeron sus propias plataformas identificativas, que incluían además de las prácticas atléticas bailes, cenas y actividades sociales diversas. Los de mayor poder económico se unificaron en torno a la Liga General de Base Ball de la isla de Cuba.

Al primer campeonato de la Liga General de Base Ball concurrieron tres equipos: Habana, Almendares y Matanzas. En el desafío inaugural del 29 de diciembre participaron los dos conjuntos principales de la capital: los rojos del Habana y los azules de Almendares. El juego, escenificado en los terrenos almendaristas de la «poética barriada de Tulipán», al decir de un cronista de la época, terminó con cerrada victoria para el club Habana de 21 carreras a 20.

Se iniciaba así no solo la historia del béisbol organizado en la Isla, sino también una exacerbada rivalidad entre rojos y azules que duraría hasta el fin de la pelota profesional en Cuba.

En el club escarlata militaban una cohorte de pioneros de la pelota cubana, varios de los cuales ya habían participado en el referido juego del 27 de diciembre de 1874 en el Palmar de Junco, entre ellos Ricardo Mora, Emilio Sabourín, Roberto Lawton, Beltrán Senaréns y el considerado por muchos como el más experimentado jugador criollo del siglo XIX, el receptor Esteban Bellán.

Por los azules hicieron su debut los hermanos Carlos y Teodoro de Zaldo, los españoles Antonio Alzola y Leonardo Ovies, Fernando Zayas, Alejandro Reed, Eduardo Delgado, Alfredo Lacazette y Zacarías Barrios. Como dato curioso, los hermanos Guilló, quienes trajeron los primeros implementos de béisbol que se conocieron en Cuba, actuaron en ese desafío. Nemesio como jugador y Ernesto como anotador del partido, aunque este último también se desempeñaba como tesorero de la Liga.

He realizado este breve recuento porque precisamente ese día 29 de diciembre fue seleccionado, en 1940, a iniciativa del periodista deportivo Hilario Fránquiz, para conmemorar el Día del Béisbol Cubano, hecho del que se cumplen ahora 80 años. Y me pregunto si no es hora ya de rescatar esa fecha y otorgarle nuevamente el honroso simbolismo que representa.

A partir de 1940 fue también el momento en que se realizaban las elecciones de los miembros de la Galería de la Fama de la pelota insular, una novedosa entidad instaurada poco tiempo antes, por resolución de la Dirección General Nacional de Deportes, de fecha 26 de julio de 1939.

Como su nombre lo indicaba, la Galería era una especie de templo laico donde quedarían inmortalizados los peloteros de mayor relieve en el devenir del béisbol criollo. La fecha de estreno de la tarja coincide con la expresada al inicio de estas páginas, 1878, porque fue esa la génesis de una práctica organizada y sistemática del juego de pelota que llega hasta el presente.

Mi lectura de estos hechos los enmarca dentro del proceso de transformaciones de la sociedad cubana que siguió a la Revolución de los años 30, y donde desde la abrogación de la Enmienda Platt hasta la Constitución de 1940 se rediseñó la arquitectura del estado republicano y se reacomodaron las relaciones con Estados Unidos; se produjo un cambio de los actores en el mundo de la política, incluyendo la presencia de influyentes sectores de izquierda y del trabajo organizado; y los discursos públicos eran proclives a lo que un importante historiador llamó la «nacionalización de la Nación».

En mi sentir, el surgimiento de la Galería forma parte también de esos discursos metafóricos que estimulaban el sentimiento patriótico y nacionalista.

No resulta casual que, entre los primeros diez peloteros elegidos, estuvieran figuras de piel negra y muy humildes como José de la Caridad Méndez, Gervasio González y Cristóbal Torriente, al lado de los dos precursores que lograron incluirse dentro de equipos de Grandes Ligas: Rafael Almeida y Armando Marsans, acompañados por otros que representaban los orígenes de la pelota cubana en el siglo XIX.

Durante la primera mitad de la década de 1940, la Galería estuvo ubicada en el estadio Cerveza Tropical y se identificaba con una placa de bronce, en la cual aparecían los nombres de los peloteros seleccionados. Al pasar la sede principal del béisbol profesional al recién inaugurado Grand Stadium del Cerro, en 1946, el nombre de esta institución cambió a Hall de la Fama del Béisbol Profesional, y la antigua tarja de bronce fue sustituida por una de mármol empotrada sobre un obelisco, en que aparecen estampados 68 nombres, desde 1939 en que se realizó la primera exaltación, hasta 1961, en que fueron inscritos los dos últimos miembros: el destacado exjugador y mánager Oscar Rodríguez y el pelotero mestizo Tomás de la Cruz, quien debutó en Grandes Ligas en 1944.

Debemos decir que la ceremonia de ingreso al Hall de la Fama constituía un acontecimiento relevante para toda la familia del béisbol en la Isla, tenía gran cobertura de la prensa y era muy esperado el momento en que, cubierta la losa con una bandera cubana, esta era retirada y se mostraban los nuevos integrantes del salón.

Después de 1961, y por motivos que podemos conjeturar, dado que aquel ritual formaba parte de las prácticas institucionalizadas de la abolida pelota profesional, se abandonó la costumbre de seguir enalteciendo la memoria de los mejores peloteros de la Isla.

Sin embargo, puestos los acontecimientos en perspectiva histórica, un análisis ecuánime nos indica que quizás se pudo haber preservado la tradición del Salón de la Fama, adaptada a los nuevos tiempos de las series nacionales, y como testimonio de homenaje a todos los que, al concluir sus carreras, fueran merecedores por sus méritos deportivos de pertenecer a ese grupo de excelsos peloteros.

La propia tarja fue removida de su espacio original que, según consta en fuentes impresas y fotografías de la época, se encontraba situada frente a la puerta No. 2 de entrada al Estadio, y estaba acompañada por otras placas lamentablemente desaparecidas: una en que se consagraban los 40 años de vida en el béisbol de Adolfo Luque y Miguel Ángel González; las dedicadas al estelar lanzador Conrado Marrero, al delegado del Club Habana Alfredo Suárez, al veterano cronista Víctor Muñoz y al popular árbitro José “Kiko” Magriñat; y otras que desconocemos su paradero.

Lo cierto es que, luego de múltiples avatares y agravios, la losa del Salón de la Fama, con visibles muestras de deterioro, fue rescatada por el periodista Eddy Martin, hombre culto y de gran sensibilidad, y volvió a ser colocada en un lugar del estadio, aunque en los últimos años permanecía fuera de la vista del público.

Cuando decidimos su restauración lo hicimos con el pensamiento de nuestro maestro Eusebio Leal, para quien todo monumento constituía una huella viva y un testimonio insoslayable de una época, y su pérdida significaba también el quebranto de la memoria histórica. Esta inscripción simboliza un período de esplendor de la pelota cubana del siglo XX, y los nombres que tiene esculpidos son parte inalienable de la saga de nuestro deporte y también de nuestra nacionalidad, a la cual el culto beisbolero está íntimamente asociado.

Se podrán señalar notables ausencias en el monumento, la más inexplicable de todas la de Esteban Bellán, quien como hemos  visto fue el pelotero de mayor calidad en el siglo XIX cubano, y estuvo considerado un maestro del juego por sus contemporáneos; otro nombre que falta es el del pionero Ernesto Guilló, aunque también de manera incomprensible su hermano Nemesio tuvo que esperar hasta 1948 para ser exaltado, cuando en su condición de padre del béisbol cubano debió ser el primero en el listado.

Otros importantes peloteros del siglo XIX como Francisco Saavedra, Francisco Delabats, Beltrán Senaréns, Ricardo Mora, Francisco Hernández, Miguel Prats y Enrique García debieron ser considerados por sus notables actuaciones ofensivas y como pítcheres.

Pero los que están allí reunidos, desde José de la Caridad Méndez y Cristóbal Torriente, hasta Adolfo Luque y Lázaro Salazar, pasando por Rafael Almeida, Armando Marsans, Alejandro Oms, Miguel Ángel González y el más grande de todos, Martín Dihigo, son motivo de orgullo para los aficionados y el pueblo en general, y en los casos de los peloteros que además fueron combatientes en la guerra de independencia, constituyen un timbre de gloria para el deporte y la patria que ayudaron a fundar.

Lo anterior me lleva a la segunda tarja que hoy hemos develado, la cual se encontraba en peor estado de conservación que la del Salón de la Fama, y que fue dispuesta por iniciativa del doctor Benigno Souza, médico personal del Generalísimo Máximo Gómez, e inaugurada el 24 de febrero de 1948.

Asoman allí los nombres de 19 peloteros, entre ellos los heroicos coroneles mambises Carlos Maciá y Alfredo Arango, el valeroso capitán Ricardo Cabaleiro, caído en la campaña de Pinar del Río al lado de Antonio Maceo; el laborante Emilio Sabourín, patriarca del Club Habana, condenado a 20 años de presidio en Ceuta, donde compartía celda con Juan Gualberto Gómez y encontró la muerte; el brillante lanzador José Manuel Pastoriza, asesinado en Guanabacoa acusado de distribuir el periódico Patria, y el intrépido jugador y promotor Agustín “Tinti” Molina, correo de las emigraciones en el Norte hasta los campamentos mambises y protagonista de un juego en Cayo Hueso presenciado por José Martí.

Al igual que sucede con la placa del Salón de la Fama, no constan todos los que merecen estar entre aquellos que, como reza el texto, «cumplieron su deber patriótico marchando a la manigua libertadora durante la guerra de independencia».

Expreso a la dirección del Inder mi deseo de reparar ese olvido, realizando un nuevo monumento en que aparezcan los nombres de Martín Marrero, Juan Antiga, Víctor Planas, Francisco Alday, Pedro Matos, Enrique y Nicanor Ovares, Nilo y Ubaldo Alomá Ciarlos, Ramón Randín, Alejo Casimajov, Juan José López del Campillo, Orfilio Esteban Lombard y Martín Gallart Odery, quienes además de notables deportistas fueron intachables patriotas. Propongo, además, con sentido de continuidad histórica, realizar la inauguración de esta segunda tarja el 24 de febrero de 2021.

Les debemos también una tarja a las primeras mujeres que jugaron béisbol en Cuba, invisibilizadas por una historia del juego predominantemente masculina, desde la mítica precursora Elena E., en el siglo XIX, hasta Mirta Marrero, Brígida Beiro, Eulalia González y otras pioneras en el siglo XX.

Hoy nos sentimos dichosos por devolver al Estadio Latinoamericano, Catedral de la Pelota Cubana, un fragmento de su historia que nos pertenece de manera ineludible. A partir de ahora, los aficionados al béisbol, y especialmente los niños y jóvenes, podrán conocer mejor el devenir de nuestro deporte nacional.

Estoy seguro de que, al pasar delante de las lápidas de mármol, todo cubano inclinará su cabeza en señal de veneración ante los peloteros mambises, y los neófitos preguntarán a sus mayores quiénes son esos nombres que aparecen allí, cincelados con letras doradas.

Cuando ello ocurra, nuevamente serán recreadas las hazañas de Maciá, Sabourín, Cabaleiro, Arango, Méndez, Torriente, Sirique, Almeida, Marsans, Dihígo, Oms, el “Pájaro” Cabrera, Luque, Miguel Ángel, Bragaña, Salazar y muchos otros, que tanta gloria poseen en sus apellidos ilustres de cubanos: negros y blancos, pobres y humildes, espléndidos y dignos.

Esperamos haber contribuido con la restitución de estas tarjas, de manera modesta, a la declaratoria del béisbol como Patrimonio de la Nación Cubana, algo que seguramente nos llenará de sano orgullo y felicidad a todos.

Para terminar, dedico mis palabras a dos criaturas que admiré y me honraron con su amistad: la joven periodista cienfueguera Darilys Reyes, talentosa y apasionada, que se nos fue de manera absurda cuando tenía tanto por hacer; y el inolvidable Ismael Sené, que consagró los últimos años de su existencia a divulgar y enaltecer el béisbol con su distintivo carisma y profunda cubanía.

Muchas gracias.

*Historiador adjunto de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.

(Discurso tomado del diario digital Jit, del Inder)